Yo, tu poesía de servilleta

Sentada al fondo del camión escucho la canción creada por la lluvia de tormenta y el traqueteo del motor. Las ventanas empañadas.

Cierro los ojos con el contacto de tu brazo sobre mis hombros. Giro la cabeza para besar tu mano. Me acaricias y yo respiro el calor de tu piel. Mi mano toca la tuya y nuestros dedos se entrelazan.

En este momento me aferro a ti. No porque te necesite, sino porque la sensación de tu abrazo es de lo mejor que hay en mi vida.

Permíteme acariciar tu piel morena, oler el negro de tu cabello lacio, besar todas las noches el cansancio de tus ojeras de oliva y memorizar los pequeños defectos en tus dientes blancos.

Hubo un tiempo en que dudaba por qué nos escogimos en medio de esta neblinosa marea, entonces, recordaba nuestra primera salida romántica cuando me estresé por no poseer un vestido elegante y me recordaste que no tengo que intentar ser femenina para ti.

Porque contigo puedo ser yo misma.

Porque un segundo a tu lado se vuelve una fotografía digna de enmarcarse, y un suspiro compartido puede durarle a estos pulmones veinte años más.

Porque cada día que salimos al mundo y la vida nos cambia, volvemos a conocernos con la misma curiosidad que sentimos en el primer encuentro.

Cuéntame sobre tus pasiones, sobre tus sueños y tus miedos.

Cuéntame sobre esa poesía inquieta que escribes en cualquier pedazo de papel  y que al volver a casa esparces sobre tu cama para crear arte al azar.

¿Recuerdas cuando me acostaste sobre tu arte y entonces creamos versos jamás contados? Después, mientras me besabas la espalda, yo leía en voz alta esos sueños trazados en servilletas. Y la luz del atardecer se colaba naranja por tu ventana, pintando en nuestra piel un juego de sombras danzantes al ritmo de tus caricias.

Cuando en mi auto manejamos sobre las noches no pavimentadas y con las ventanas abajo nos bañamos de ese viento que solo traen los caminos sin rumbo.

Cómo me gusta conducir sin pensar en qué destino encontraré para cuando el amanecer llegue. Más aún cuando estás en el asiento copiloto.

Tú, mi acompañante. Manejamos por esta vía como iguales. A veces de las manos, a veces de los pies, a veces de los pelos y a veces nada más con la mirada.

Y si el final de la carretera me sorprende manejando sola, en mi sonrisa se verán los kilómetros que recorriste junto a mí y los descansos prolongados en el asiento trasero.

Ahora, sentada al fondo del camión, soy feliz porque por una parte más de este trayecto podemos seguir compartiendo esta poesía que se escribe cuando te tengo a mi lado.

 

– EmmeC

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