Manual para el crimen perfecto

Llego a casa y lo primero que escucho es el ruido del ventilador que chilla mientras gira, apenas pasan unos segundos y el motor de la nevera comienza a funcionar, ya sé que es lo que sigue, la cuija pequeña que lleva más de 4 meses viviendo allí no deja de cantar. Estoy tan cansada de ese molesto ruido, así que me decido, no soy la mujer más fuerte pero igual de un jalón retiro la nevera, ¡con un carajo! Hay más cuijas de las que podría haber imaginado, son todas tan horribles, desesperada corro al baño para usar el insecticida, no sé si vaya a funcionar pero igual tengo que intentarlo, recuerdo que tengo un encendedor gastado, quizá sea la última vez que me dé una llama, y con las manos temblando oprimo la válvula del insecticida al mismo tiempo que giro la rueda del encendedor obteniendo como resultado… ¡un hermoso incendio de cuijas!, vaya satisfacción la que se siente, mientras estos animales terminan por calcinarse me recuesto y pongo atención en la fogata que cada vez se hace más pequeña
-gracias cuijas por hacer de esto un bello espectáculo – susurro mientras sonrío y así me quedo dormida olvidando limpiar el desorden que he causado.
Por la tarde, al despertar recuerdo que tengo por hacer algunas cosas, tengo que pasar a la escuela por el chico de la biblioteca que debe entregarme libros, de nuevo se me ha hecho tarde, me apresuro como de costumbre, ahora es cuando me convendría tomar el autobús pero igual éste no quiere esperarme, se va aunque el chofer me ha visto correr, estúpido gordo, igual haré una fogata con él. Llego a la escuela con un elegante retraso de 15 minutos y el chico no está para entregarme los libros. Soy paciente así que espero aunque sea tarde, espero y espero, hasta que se hace de noche, veo a humanos caminando frente a mi, pasa el vecino del número 10 y me sonríe. La noche es cada vez más espesa, veo la hora en el teléfono y es más tarde de lo que imaginaba -¡maldición! me he quedado sin libros un minuto más y me voy- aunque no parezca me enfado, cuando voy de regreso a casa me encuentro con la señora de la tortillería, la saludo y ella simplemente me ignora ¡que amargada la mujer! Hace que mi humor se vuelva cada vez peor. Vuelvo a casa y subo a mi habitación con cara de elfo, piso las cenizas de las cuijas
– oh! Lo lamento, prometo arrojarlas al excusado como si fuesen cenizas en el mar-
Canturreo mientras me dirijo a mi sofá favorito y el teléfono vibra de forma espontánea, el bibliotecario pidiendo disculpas por haberse quedado dormido, ojalá muera mientras duerma.

Y esa noche, la noche que huele a inspiración, tengo el sueño más sádico y apasionante, no cualquiera puede ser bendecido con una mente como la mía, Freud dice que los sueños son la simbología del inconsciente, vaya inconsciente tan guapo, hay sangre por doquier, un brazo colgando, los corazones flotando, cerebros putrefactos, cabezas huecas, ¡que rayos! estoy bailando sobre charcos de sangre. El gordo del autobús es una fogata humana, los libros han aplastado y desfigurado la cara del chico bibliotecario, mi vecino cuelga del ventilador que hace ruido, mi amiga la loca muere al ser penetrada, la malhumorada señora de la tortillería se queda atorada en la máquina, y justo cuando me encuentro desmenuzando a este sueño, abro los ojos de forma brutal y veo a mi amiga parada de pie junto a mi, ¿cómo es que ha logrado entrar a la casa?. Mientras ella me cuenta una que otra babosada yo voy por un cuaderno que ya no uso, una pluma masticada y ahora que estoy encarrerada e inspirada debo proseguir, pensando que tal vez pueda cortarle la garganta a alguien para después ponerle un poco de limón con sal y así deje de sangrar, seguramente esto debe estar mal, suena un poco inmoral, me suena a que es un manual “Manual para el crimen perfecto” semejante nombre el que he elegido.
Y con esto me paso los días, me he percatado de mi cambio se humor, los días son más interesantes, digamos que ahora soy un poco más creativa, tan creativa que me pregunto a diario cómo sería la muerte de cada una de las personas que se cruzan frente a mi, incluso un día me pregunté cómo sería mi muerte perfecta, cómo me gustaría que ocurriera, hace algunos meses me convertí en donadora de órganos oficial, hasta porto una credencial, con esto en la cabeza me llega una pregunta como flash de cámara -¿por qué no donarlos en vida?- estoy segura de que si abro un agujero en medio de mi abdomen, del tamaño adecuado para mi puño podría sin dificultad sacarme el relleno, como dicen por ahí, podría bañarme con mi sangre para rejuvenecer, morir con la piel tersa, suave como de bebé, está vez podría hacer la diferencia, podría no ser sólo un capítulo más para mi manual, mi mente ya se encargará, mis manos decidirán, puedo empezar con trazar la ubicación de cada uno de los órganos, y sin tanto rodeo, me dirijo hacia la lapicera , tomo un plumón y comienzo a desnudarme.

-Fabiola C. Navarro-

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