El silencio de la madera al crujir

El conocido rechinido de la puerta principal al abrirse, seguido de un golpe, lo despertó. Se levantó de la cama muy alarmado y tomó su viejo bate de baseball. Se pegó contra la pared tratando de escuchar algún movimiento en la otra habitación. Ni un solo ruido. Con el cuerpo tenso, giró la perilla de la puerta y entró en la sala. Rápidamente corrió hacia el interruptor y encendió la luz, pero no vio nada.

– ¿Hay alguien ahí? –preguntó. Aunque al instante supo que había sido una pregunta muy estúpida.

Recorrió el lugar con paso sigiloso hasta llegar al otro pasillo donde esperaba encontrarse con la puerta abierta, pero se llevó una sorpresa al encontrarla completamente cerrada con la cadena y el seguro puestos. Buscó señales de forcejeo y nada; todo parecía estar en orden. No pudo evitar soltar un suspiro de alivio y una risa nerviosa al pensar en lo paranoico que estaba actuando. Regresó a la cama con el pensamiento de que seguramente había sido algún vecino.

A pesar de que se había convencido a sí mismo que no había sido nada, en su interior aún estaba alerta; no sabía qué era, pero tenía la sensación de que algo no se encontraba bien. Pasó un rato y sintió como el sueño comenzaba a apoderarse nuevamente de él. Ya había cerrado los ojos cuando desde el otro extremo de su habitación sonó la risa más fría que hubiera escuchado nunca. Abrió los ojos de par en par al instante, como si acabara de oír a la muerte en persona. El color abandonó su rostro por completo, dejándolo pálido como una hoja en blanco, y su respiración se entrecortó.

Después de una pausa que le pareció eterna, en la que no se atrevió a moverse ni un solo centímetro, la risa volvió a oírse, pero esta vez sonó acompañada de otra que parecía estar más cerca de él. Una nueva pausa y a continuación una tercera risa. Poco a poco, decenas de risas fueron abarcando el aire del cuarto; todas diferentes, pero igual de frías. Era como si un grupo de seres invisibles se hubiera reunido en su cuarto para burlarse de él. Se escondió bajo las sábanas, apretándolas fuertemente con los puños, y comenzó a llorar descontroladamente. Nunca, en toda su vida, había sentido tanta confusión como en ese momento, y mucho menos tanto terror.

– ¡¿Qué quieren de mí?! –Consiguió gritar con voz ahogada – ¡Largo!

Pero las risas no se fueron; es más, se oían cada vez más fuerte, como si se acercaran lentamente hacia su rostro. Entonces, la primera risa, la más fría y fuerte de todas, sonó justo en su oído derecho y penetró como un demonio hasta lo más profundo de su ser, desgarrándolo por dentro y arrebatándole de un golpe cualquier rastro de emoción positiva que pudiera alguna vez haber sentido. La sensación fue tan real y tangible que se armó del poco valor que le quedaba y se asomó afuera de la sábana. Al instante quedó paralizado al ver un rostro idéntico al suyo hasta en el más mínimo detalle, excepto por la mirada, la cual era tan obscura que parecía reflejar un vacío abismal.

Paralizado como estaba, sintió como cientos de uñas se le clavaban en todo el cuerpo y rasguñaban su piel hasta sangrar. Soltó aullidos de dolor, pero sus llantos fueron ensordecidos por las risas, las cuales, ahora veía, salían todas de la misma boca igual a la suya. Sus ojos se cegaron con lágrimas de miedo, y lo último que logró ver fue su viejo bate de baseball agitándose en el aire. Lo siguiente fue un golpe seco en la cabeza que le regaló una eternidad de asfixiante silencio.

— EmmeC

La primera versión de este cuento fue publicada en “El Secreto de la Simiente II”, 2014.

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